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MADRE REBELDE: Algunos recuerdan el 2 de octubre, otros no lo olvidamos nunca

Publicado: 4 octubre, 2017 a las 1:02 PM   /   por   /   comentarios (0)

Por Tania Itzel Vargas

Para muchos que salieron el lunes a las calles, el 2 de octubre no se olvida. Muchos se saben con exactitud cómo ocurrieron los hechos, conocen horas, minutos; han investigado acerca del Batallón Olimpia, acerca de los líderes estudiantiles (el CGH), el pliego petitorio, número de muertos, entre muchos otros datos.

Los detalles que yo conozco del 2 de octubre son un poco diferentes. Nada sé de números, porque papá los recordaba más como sus amigos que como cifras de personas asesinadas y desaparecidas en México.

Como Omarcito, el hijo de la señora que tenía la mejor fonda que haya existido en una esquina de la Peralvillo, de donde eran mi papá y toda su pandilla. Los estudiantes de la Preparatoria 1 y de la Facultad de Economía. Omarcito fue a la marcha con su hermano mayor, Joaquín, quien nunca más regresó a casa después de ese 2 de octubre.

Omarcito tenía 13 años y fue uno de los presos en la iglesia de Santiago Tlatelolco junto con mi abuelo Luis Vargas, quien ese día, después de una más de las peleas que tenía diariamente con mi papá, Luis Vargas, también se sintió culpable y decidió ir a la marcha a la que su hijo lo había invitado en la mañana.

—Escucha nuestras peticiones, papá—le decía el joven de preparatoria.

Mi abuelo —como muchos, aunque no todos los adultos de los años 60— creía que el CGH solo era una bola de jóvenes revoltosos que no querían estudiar.

A mi abuelo le tocó descubrir dos cosas impresionantes esa tarde en la Plaza de las Tres Culturas. Una, nunca se había imaginado que tanta gente estuviera apoyando los ideales de su hijo el revoltoso y unos cuantos de sus amigos. Y la otra, que sus peticiones eran tan justas y tan necesarias para nuestro país que el gobierno de Díaz Ordaz, el Chango Ordaz, quería callarlos, desaparecerlos.

Omarcito y mi abuelo lograron llegar a las puertas de la Iglesia de Tlatelolco, la misma que en este terremoto del 19 de septiembre perdió su campanario.

Las puertas no se abrieron hasta casi terminada la balacera. Omarcito y mi abuelo se cubrieron con los cuerpos del esposo o de la hija o del amigo de alguien y lograron sobrevivir para ser llevados a la iglesia en calidad de presos políticos.

Tlatelolco era una jaula sin salida —decía mi papá— con esa rabia que le provocaba que nunca vieron venir esa terrible matanza.

A eso de las cuatro de la mañana entró un tipo con gabardina, sombrero y lentes —mi abuelo siempre juró que era Luis Echeverría— que se acercaba a las personas y les preguntaba: ¿Qué carajo estaban haciendo ahí?

—Pues fíjese que pasaba por aquí y se me ocurrió ver qué hacía tanta gente junta, yo pensé que era un espectáculo—dijo mi abuelo.

Esa mentira le salvó la vida, pues Echeverría lo dejó irse. No fue el caso de Omarcito a quien por ser un jovencito revoltoso lo enviaron al Campo Militar #1 donde lo golpearon durante un año. Cuando finalmente lo dejaron libre estaba tan mal de sus heridas que no aguantó más de tres meses. Tenía 14 años cuando su madre enterró al único hijo que le quedaba.

Yo conocí Tlatelolco a los 11 años. Y ese día memoricé el lugar donde mi papá estaba parado casi enfrente del edificio Chihuahua, escuchando a los oradores. Estaba tan cerca que pudo ver claramente cuando los tipos vestidos de civil con un guante blanco en la mano derecha subían las escaleras del edificio.

Tlatelolco era una jaula sin salida —decía mi papá— con esa rabia que le provocaba que nunca vieron venir esa terrible matanza. Estaban acostumbrados al ejército en las calles, a los civiles armados, a las tanquetas. Simplemente no lo imaginaron, porque uno nunca se imagina que alguien tenga la sangre tan fría como para abrir fuego en contra de niños, de niñas, mujeres y ancianos indefensos.

Las personas corrían despavoridas y se aventaron a la fuente, contaba mi papá.

Yo no sé cuántas personas se aventaron a esa fuente, pero sé que hubo una mujer con una niña y que cuando cayeron al suelo de la fuente ya no pudieron levantarse, porque todos en estampida les cayeron encima. Papá no pudo ayudarle y eso le pesó toda su vida.

Conocí el lugar donde cayó el mejor amigo de papá, a quien le dieron un tiro por la espalda.

Muchos gritan que el 2 de octubre no se olvida, pero la realidad es que solo lo recuerdan ese día. Para mí ese día estaba presente dos o tres veces al mes cuando mi papá despertaba gritando porque tenía pesadillas con el sonido de las balas chocando en el piso, en el cuerpo de sus amigos, en las paredes del edificio Chihuahua. Los ojos perdidos recordando las luces de bengala.

Para mí el 2 de octubre no se olvida cada vez que estoy en esa plaza y cuando me alejo y aunque pase muchos años sin visitarla, la Plaza de las Tres Culturas forma parte de mi historia personal. Yo recorrí esa plaza de la mano de mi padre y era muy impresionante verlo llorar y desencajarse cada vez que recordaba ese 2 de octubre, el inolvidable, para algunos.

Mi papá murió hace dos años. Estuvo agonizando toda la tarde del 2 de octubre en una cama del IMSS. Mis hermanas y yo estuvimos a su lado.

A papá lo dejó escapar un soldado. Se lo topó de frente y él lo dejó salir de aquella jaula. Sin un zapato, pero sin una herida, Luis Vargas se subió a un camión y no volteó atrás. Ni siquiera por su padre, pues él sabía cuidarse solo.

Mi papá murió hace dos años. Estuvo agonizando toda la tarde del 2 de octubre en una cama del IMSS. Mis hermanas y yo estuvimos a su lado. Sabiendo que era el momento de la despedida me puse a recordarle a papá las cosas padres que compartimos desde que éramos unas niñas. Los paseos en el parque, los juegos con la pelota, las risas y cuando mis hermanas se distrajeron como un intento caprichoso para tenerlo unas horas más con nosotras, me acerqué y le dije al oído: Papá, un rojillo no se muere el 2 de octubre. Papá murió un 3 de octubre a las 4:00 am.

Para mí y para mi familia el 2 de octubre no se olvida ni el 3, ni el 4, ni el 5, ni nunca.

Un abrazo para todos los compañeros de lucha, para los familiares de quienes fallecieron asesinados de esa manera tan cobarde, para quienes como yo son hijos de un sobreviviente del 68.

Un abrazo para todo aquel que no olvida…

FOTO: CUARTOSCURO

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