Por Rafael Cardona
El sabio saurio en miniatura, esa rebaba de los antiguos y lejanísimos raptores de la prehistoria, pierde algo, pero sigue siendo él mismo. Ni siquiera necesita devorarse como el uróboro, esa mítica figura cuyo hocico masca el rabo. Eso ha hecho Adán Augusto. Si no es un pejelagarto, como aquel de la Chontalpa, su hermano, socio, protector y cómplice, es por lo menos un reptil de los tapiales de la política.
Socarrón e intocable sólo ha dejado el rabo en el camino. Y nadie le ha pisado siquiera la larguísima cauda de sus grandes negocios. —¿Por qué? Por la sencilla razón del mandato poderoso de su hermano, como él mismo asume y presume en su desafiante actitud como simple senador del grupo mayoritario.
Seguro del poder ajeno, el gran lagartijo se escuda en las palabras presidenciales sobre ninguna investigación en su contra y recuerda, por si alguien lo ha olvidado, el blindaje de su oriundez y el pasado común con el profeta. «La presidenta CSP descartó que haya investigaciones de la FGR sobre Adán Augusto López.
—»¿Cuáles? A ver, ¿cuáles investigaciones? Han salido notas periodísticas, pero no hay, que yo sepa; en todo caso, que diga la fiscalía si hay investigaciones». Y ya con este aval disparó el torpedo protector cuando le preguntaron por una embajada imaginaria: «…Como soy fiel alumno del licenciado AMLO, quien sostenía que la mejor política exterior es la política interior, pues yo prefiero hacer política (territorial)».
—¿Y sigue siendo hermano del expresidente AMLO? —Claro, dice con orgullo bisílabo. Nada ha sido suficiente para frenar a quien el manto de complicidad cubre hasta hacerlo invulnerable.
Mientras la cola desprendida vuelve a crecer y su dueño regresa a trepar las por las bardas. Nadie le podrá cortar el pescuezo —ni hundir la estaca en el pecho—, sin cortar primero la otra cabeza.









