Por Roberto Chanona* Conocí al ingeniero Amílcar Vidal Sánchez, en la Ciudad de México, cuando me fui a estudiar la secundaria en 1973. Los domingos, él venía a comer a la casa de su cuñado Patricio Rivero Novelo, esposo de mi tía Carmita Chanona, hermana de mi madre. Don Amílcar, era un hombre de un metro ochenta, delgado, siempre de traje, abrigo, guantes y sombrero. Tenía una presencia sumamente elegante, parsimoniosa, con voz calmada, que dejó una huella indeleble en mi memoria. Sentando en el sillón individual de... Más [+]...