El CeroVotos Arturo Avila, diputado de Morena, y Carlos Gutiérrez Mancilla del PRI, pasaron de las palabras a los empujones en el patio del federalismo
Por Francisco Salgado
CDMX.- Hay sesiones legislativas que hacen historia. Y hay otras que hacen recordar que, en México, hasta para pelear hay que tener fuero.
Lo verdaderamente novedoso fue que el debate decidió bajar de la tribuna y caminar hacia el Patio del Federalismo. Lo ocurrido ayer en el Senado durante los trabajos de la Comisión Permanente fue una auténtica función de lucha libre… sólo que sin máscara, sin réferi y, lo más preocupante, con legisladores en ugar de luchadores
En una esquina: Morena. En la otra: PRI. Y en medio, la solemnidad del Congreso de la Unión, esa institución donde en teoría-se discuten las leyes que rigen al país. Pero ayer la discusión parlamentaria decidió tomarse un descanso.
Arturo Avila, de Morena, y Carlos Gutiérrez Mancilla, del PRI, pasaron de las palabras a los empujones, en un espectáculo que seguramente habría provocado la envidia de cualquier promotor de box. Todo comenzó con acusaciones políticas, señalamientos, fotografías y descalificaciones contra Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI.
Hasta ahí, nada extraordinario. Es la política mexicana.
Y cuando dos políticos se encuentran cara a cara con las cámaras encendidas, los micrófonos abiertos y el ego a todo volumen, ya se sabe: cualquier cosa puede suceder:
Hubo gritos.
Hubo insultos.
Hubo empujones.
Hubo persecución.
Lo único que faltó fue que alguien anunciara:
*¡En esta esquina, representando a
Morena…!» Y del otro lado:
«;Representando al PRI…!» La Comisión Permanente quedó, por momentos, convertida en una especie de Permanente Arena.
Uno podría preguntarse qué pasó con aquello de que los legisladores representan al pueblo.
Porque si el pueblo les pidió discutir leyes, debatir iniciativas y defender posiciones políticas, seguramente no les pidió organizar un todos contra todos en los pasillos del Senado.

La escena resulta particularmente paradójica. Mientras México enfrenta problemas enormes -seguridad, economía, empleo, salud, educación, migración y violencia- algunos representantes populares parecieron descubrir que el problema más urgente era demostrar quién empuja más fuerte.
Y ahí sí hubo consenso.
Aunque fuera a empujones.
Lo más curioso es que después del zafarrancho siempre aparece la explicación política: que el otro provocó, que el otro insultó primero, que el otro amenazó, que el otro representa esto o aquello.
Es decir, nadie pierde.
Todos son víctimas.
Todos tienen razón.
Y, naturalmente, nadie tiene la culpa.
Qué maravilla de democracia.
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