CIUDAD DE MÉXICO.- Ya hubo contratos de edición retirados y gente que perdió su trabajo por haber escrito con inteligencia artificial. Con ese dato abre Tim O’Reilly una columna deliberadamente contraria a la idea de que usar IA invalida el trabajo del autor: para él, la herramienta puede funcionar como un nuevo medio de expresión, siempre que detrás siga existiendo una intención humana concreta. La discusión, entonces, no es estética. Define qué se puede exigir, declarar y sancionar en un contrato.
La diferencia, plantea O’Reilly, no está tanto en quién escribe cada palabra sino en quién toma las decisiones. Retoma una idea del escritor Ted Chiang: una obra surge de una gran cantidad de elecciones —un cuento de diez mil palabras supone algo del orden de diez mil decisiones— y el problema de los modelos generativos es que un prompt condensa muchas menos decisiones explícitas que un proceso de escritura tradicional. O’Reilly coincide con esa observación, pero no con la conclusión de que eso vuelva incompatible a la IA con la creación.
Chiang, sin embargo, no quedó del otro lado del debate sin derecho a réplica. O’Reilly le escribió y publica su respuesta, que no figura en el ensayo que el autor había dedicado al tema en The New Yorker: “La IA generativa promete un aumento de la cantidad sin una disminución de la calidad, lo cual resulta muy seductor; tengo serias dudas de que eso sea posible, pero incluso esto es distinto de la idea de que la IA generativa pueda producir un aumento de calidad en alguna dimensión”. Es la objeción más precisa que recibió la posición de O’Reilly, y viene del autor cuyo argumento eligió discutir.
Para explicar su propia experiencia, cuenta que utiliza Claude y ChatGPT de maneras diferentes según el tipo de texto. En algunos casos les pide que transformen una conversación o una transcripción en un primer borrador; en otros, vuelca ideas desordenadas y utiliza el modelo para estructurarlas. También recurre a la IA para buscar datos, verificar información, encontrar referencias y sugerir elementos que podría estar dejando afuera.
Hay un dato especialmente revelador sobre cuánto interviene después el autor. Para este mismo ensayo comenzó con un prompt de unas 300 palabras. Claude generó un borrador de 660 palabras y, después de varias rondas de revisión, fact-checking y reescritura, el texto terminó teniendo unas 3.000 palabras. O’Reilly calcula que de la versión final quedaron aproximadamente 40 o 50 palabras aportadas por Claude, además de algunas citas obtenidas a partir de una investigación solicitada al modelo. Y agrega una precisión que suele quedar afuera de este tipo de relatos: al terminar había invertido bastante más tiempo que si hubiera escrito el texto de un tirón, sin ayuda.
El ejemplo muestra otra posibilidad: la IA no necesariamente reemplaza la escritura, sino que puede desplazar el lugar donde se concentra el trabajo. O’Reilly describe un proceso en el que el modelo ayuda a recuperar información, ordenar materiales, producir borradores y acelerar tareas rutinarias, mientras que la selección, la revisión y la decisión sobre qué permanece siguen en manos del autor. En sus palabras, cuando algo se publica con su nombre, quiere estar conforme con cada palabra.
Eso también explica su rechazo a lo que llama AI slop: no cuestiona que se utilice IA, sino que se publique material generado por IA sin una instancia significativa de edición y criterio humano. Su problema no es el medio utilizado para producir un texto, sino el resultado y el nivel de intervención detrás de él.
Dónde traza el límite, y por qué esa línea le sirve a un catálogo
Hay un punto en el que O’Reilly le concede la razón a los críticos, y es el más útil para pensar una política editorial. Cita investigación de la Universidad de Michigan según la cual las personas se sienten estafadas cuando reciben un mensaje personal —una disculpa, por ejemplo— escrito con IA, y acepta el argumento: automatizar aquello que se presenta como personal es una forma de engaño. La objeción no recae sobre la herramienta sino sobre la promesa que el texto le hace al lector.
Trasladada al catálogo, esa distinción ordena bastante más que las declaraciones generales de originalidad que hoy firman los autores. Un manual de referencia, una guía práctica o un texto informativo no prometen presencia personal, y el uso de IA en su producción difícilmente altere el pacto de lectura. Unas memorias, un ensayo en primera persona, la correspondencia de un autor con sus lectores o un prólogo firmado sí lo prometen, y ahí el mismo procedimiento se vuelve otra cosa. Antes de exigir una declaración uniforme para todo el catálogo, conviene definir qué colecciones sostienen esa promesa y cuáles no.
Lo que está empezando a modificarse es la distribución del trabajo dentro del proceso editorial: investigar, ordenar, resumir, generar una primera versión, revisar y reescribir pueden dejar de ser etapas completamente separadas. La cuestión pasa entonces por determinar dónde se concentra el criterio del autor y cuánto trabajo real hay detrás del texto terminado.
O’Reilly compara este momento con los primeros años de la fotografía y del cine: una tecnología nueva empieza imitando formas conocidas antes de que aparezcan las técnicas propias del nuevo medio. En su lectura, todavía estamos en una etapa temprana de la escritura con IA y aún no sabemos cuáles serán las formas de trabajo que terminarán definiéndola.
AM.MX/lm
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septiembre 5, 2026
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Escribir con IA: menos palabras, más decisiones, por Tim O’Reilly
Por Vocero
CIUDAD DE MÉXICO.- Ya hubo contratos de edición retirados y gente que perdió su trabajo por haber escrito con inteligencia artificial. Con ese dato abre Tim O’Reilly una columna deliberadamente contraria a la idea de que usar IA invalida el trabajo del autor: para él, la herramienta puede funcionar como un nuevo medio de expresión,... Más [+]...





