Luis Alberto García / Cdmx
*Las palabras de Bora Milutinovic fueron una condena.
*Por las canchas terrosas de la Magdalena Mixhuca.
*Partidos perdidos y presión peor que el talento.
*Como Napoleón, conquistó Europa a cañonazos.
“Hugo, tú eres el goleador, tú eres el que marcará la diferencia, fueron las palabras pronunciadas por el director técnico de México, Bora Milutinovic, antes del juego contra Paraguay, en una frase que sonaba como un honor; pero pesaban como una condena, porque Hugo Sánchez Márquez entendía algo que pocos comprendían:
Ser el mejor jugador de un equipo no significa ser el más libre, sino el más observado, el más juzgado, el que no tiene derecho a equivocarse como se vio en los entrenamientos previos al torneo, que fueron intensos.
Hugo -estaba convencido- se preparó como nunca, físicamente estaba en su mejor momento y mentalmente intentaba segurísimo de que todo estaría bien; pero las noches eran diferentes.
Cuando el ruido del día se apagaba, Hugo se quedaba mirando el techo de su habitación, pensando, recordando a su padre que le había enseñado a patear un balón antes de que supiera caminar.
Rememoraba las canchas terrosas y polvorientas de la Magdalena Mixhuca donde jugaba de niño, soñando con estadios llenos, y también el día que firmó con el Real Madrid, cuando su madre lloró de felicidad y recordaba también las veces que había fallado, porque Hugo Sánchez, el “Pentapichichi”, el mejor delantero del mundo, también había fallado.
Penales errados, partidos perdidos, momentos donde la presión fue peor que el talento, sin que nadie hablara de esos momentos; pero Hugo los recordaba todos: “Esta vez será diferente”, se decía a sí mismo.
“Esta vez no voy a fallar”, pensaba; pero las promesas que nos hacemos en la oscuridad tienen una forma cruel de romperse bajo las luces del estadio.
Ese 7 de junio de 1986, fecha del partido contra Paraguay, amaneció caluroso, con una cancha hirviente bajo un sol implacable con las calles vacías, porque todo el país estaba frente a un televisor o encaminándose al Estadio Azteca.
Hugo recuerda que despertó temprano, no había dormido bien, los sueños lo habían perseguido toda la noche.
En esos sueños corría; pero no avanzaba, pateaba; pero el balón nunca llegaba a la portería, hasta que se levantó de la cama y se miró en el espejo del baño, que le devolvió una mirada con ojeras, tenía dudas, tenía miedo.
“Hoy no”, susurró Hugo a su reflejo. “Hoy no puedes tener miedo”, y el autobús del equipo tricolor atravesó las calles de la ciudad entre una marea de banderas verdes, blancas y coloradas, con la gente golpeando las ventanillas del camión, gritando su nombre, llorando de emoción.
Hugo miraba sin ver, con su mente en el estadio, en el punto de los tiros penales, aunque todavía no lo sabía, percibiéndose desde el túnel del estadio el aroma a historia, y fue cuando Hugo cerró los ojos por un momento mientras esperaba salir del bus.
A su alrededor, sus compañeros saltaban, se golpeaban el pecho, gritaban palabras de motivación; pero Hugo necesitaba silencio, necesitaba encontrar ese lugar dentro de sí mismo, donde nada podía tocarlo.
Lo había hecho cientos de veces en el estadio del barrio de Chamartín, en el Bernabéu, en un ritual privado donde el mundo exterior desaparecía y solo quedaba él y el balón, donde dejaba de ser Hugo Sánchez la persona y se convertía en Hugo Sánchez el depredador.
Esa jornada mundialista era diferente, y cada vez que cerraba los ojos veía miles de rostros de las personas que habían perdido todo en el terremoto, los rostros de los niños que llevaban su nombre en la espalda como Miguelito García Ibarra, con el rostro hermoso de su mamá Norma Yolanda, que seguro estaría viendo el partido desde la casa de sus abuelos.
“No puedo fallarles”, fue tu pensamiento era como una piedra en el estómago en espera de que el árbitro diese la señal de iniciado el juego, aunque momentos antes los equipos comenzaban a caminar hacia la luz.
Lo primero que golpeó a Hugo fue el sonido, no un rugido sino algo más profundo, más primitivo, como si el estadio entero fuera un solo organismo vivo, respirando al unísono desde voces fundiéndose en una sola nota que hacía vibrar el aire.
El césped brillaba bajo el sol de junio, y Hugo pisó la hierba y sintió cómo sus músculos se tensaban automáticamente, sensación que él conocía y dominaba porque el campo de juego era su territorio; pero el Azteca de Santa Úrsula no era el Bernabéu de Chamartín.
En Madrid, Hugo era el extranjero talentoso, el mexicano que, como Napoleón Bonaparte, había conquistado Europa a cañonazos, porque a esas alturas de tantos partidos la gente ya lo admiraba, ya lo respetaba, ya lo celebraba.
Al final podía volver a su guarida nocturna y ser simplemente Hugo Sánchez Márquez, el hombre, no el símbolo; Hugo Sánchez Márquez, ante cien mil mexicanos en el estadio, y millones fuera de él, era nada menos que México.
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junio 22, 2026
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El “No Gol” de Hugo que México nunca le perdonó (y II)
Por Vocero
Luis Alberto García / Cdmx *Las palabras de Bora Milutinovic fueron una condena. *Por las canchas terrosas de la Magdalena Mixhuca. *Partidos perdidos y presión peor que el talento. *Como Napoleón, conquistó Europa a cañonazos. “Hugo, tú eres el goleador, tú eres el que marcará la diferencia, fueron las palabras pronunciadas por el... Más [+]...








