POR FRANCISCO SALGADO F.
La senadora por Morena está, en su natal Tlaxcala, en el corazón comunitario y tiene liderazgo con sentido social.
El devenir histórico de Tlaxcala no se explica sin la fuerza de sus pueblos originarios. En el corazón de la entidad late una herencia de organización comunitaria que ha sobrevivido siglos, basada en la solidaridad, el respeto a la tierra y el trabajo colectivo. Hoy, esa raíz encuentra un eco fundamental en la labor legislativa de perfiles que han sabido interpretar la esencia de la Cuarta Transformación, no solo como una consigna política, sino como un acto de justicia social.
Un ejemplo claro de esta congruencia es la senadora morenista Ana Lilia Rivera Rivera.
Su trayectoria como precursora del movimiento en el estado ha estado marcada por una defensa férrea de la identidad tlaxcalteca. A su paso por la presidencia de la Mesa Directiva del Senado, Rivera ha demostrado que el poder legislativo puede ser una herramienta viva para la inclusión. Su impulso a la ampliación de los programas sociales ha llegado a los sectores más necesitados, devolviendo a los pueblos originarios el protagonismo que la historia les había negado.
Los resultados de su labor parlamentaria hablan por sí mismos: una agenda enfocada en la soberanía alimentaria y la protección del maíz, elementos que son el alma de la vida comunitaria. Este compromiso con las causas populares la coloca, por derecho propio, en una posición de liderazgo natural en los pueblos originarios.
Mirando hacia el futuro, es evidente que su nombre resuena con fuerza como una de las aspirantes más sólidas para encabezar los esfuerzos de transformación en el estado. Sin embargo, en un ejercicio de responsabilidad política y respeto a la legalidad, Ana Lilia Rivera ha sabido esperar los tiempos que marcan los estatutos de Morena y el calendario electoral. Esta prudencia no es inacción, sino una muestra de ética institucional para evitar cualquier falta que empañe un proyecto que es de todas y todos.
Tlaxcala vive un momento de definiciones. La posibilidad de que una mujer con su arraigo y capacidad de gestión lidere los destinos de la entidad representa una oportunidad para consolidar un gobierno con rostro humano, que reconozca en el origen comunitario la mayor fortaleza para el progreso.
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