POR FRANCISCO SALGADO F.
El horno político en Nuevo León comenzó a encenderse mucho antes de lo previsto. Mientras el estado atraviesa por severas crisis de movilidad, agua y seguridad que evidencian el desgaste de un gobierno más enfocado en la fachada digital que en la estructura real, las piezas del tablero rumbo a la gubernatura se están moviendo a pasos agigantados.
En este escenario, el llamado que hizo hace unos días el senador morenista Waldo Fernández no es un dato menor; al contrario, traza la que debería ser la hoja de ruta obligatoria para la izquierda en el norte. El planteamiento es certero, pues la unidad en Morena no debe entenderse como sumisión de un proyecto, sino como un pacto de civilidad.
Fernández fue contundente en sus recientes declaraciones: la contienda interna de Morena debe guiarse bajo una estricta premisa de unidad, apego total a los estatutos del partido y un respeto absoluto a los tiempos legales. En un estado históricamente complejo para el movimiento de la Cuarta Transformación, las palabras del senador resuenan como un baño de realismo y madurez política.
El panorama para el movimiento es inédito. La lista de aspirantes de la coalición refleja un abanico de perfiles con peso propio y trayectorias contrastantes:
- Tatiana Clouthier, con su innegable proyección nacional y arraigo.
- Clara Luz Flores, quien recientemente dejó su cargo federal en la Segob para enfocarse en el proyecto local aportando la experiencia de haber recorrido ya este camino.
- Judith Díaz, una pieza clave en el andamiaje del bienestar en el estado.
- Andrés Mijes, el alcalde de Escobedo que ha consolidado un bastión morenista en el área metropolitana mediante una gestión de resultados.
- Jesús Elizondo, una de las cartas jóvenes que refresca el relevo generacional del partido.
Con tantos liderazgos de alto calibre bajo el mismo techo, la tentación del canibalismo político siempre está latente. Las heridas del pasado —como la fractura y los errores estratégicos de la campaña de 2021— deberían servir como una lección permanente. La división interna es el único elemento capaz de descarrilar una opción de cambio real frente al modelo de Movimiento Ciudadano o la vieja política del PRIAN.
Por ello, el planteamiento de Waldo Fernández da en el clavo. La unidad en Morena no debe entenderse como la sumisión de las aspiraciones personales, sino como un pacto de civilidad donde el proyecto colectivo de la 4T esté por encima de cualquier interés individual.
Los estatutos del partido no son sugerencias; son las reglas del juego que garantizan piso parejo a través de las encuestas. Asimismo, respetar los tiempos legales de cara al proceso electoral evita el desgaste innecesario y blindará legalmente al movimiento ante las autoridades electorales.
Nuevo León ya no está para experimentos de «gobernantes rockstars» ni administraciones vacías detrás de la pantalla. Si los aspirantes morenistas logran procesar sus legítimas diferencias en privado y salir en un bloque monolítico hacia el exterior, la posibilidad de consolidar la transformación en tierras regiomontanas dejará de ser un mito para convertirse en una realidad. La moneda está en el aire, pero la madurez y la cohesión interna serán, sin duda, los factores que definan el rumbo de la historia.
vocero1@gmail.com









