MADRID, ESPAÑA.- Su padre, dedicado a la cría de cabras, lo sacó del colegio siendo adolescente para trabajar en el rebaño. Miguel obedeció, pero no renunció a ser autodidacta. Aprovechaba cualquier descanso para esconder un libro entre las manos mientras vigilaba a los animales. Sin universidad ni grandes maestros oficiales, se formó devorando a clásicos como San Juan de la Cruz o Virgilio gracias a amigos y bibliotecas locales.
En la Orihuela de Miguel, las tertulias surgían en una tahona, la panadería de su amigo Carlos Fenoll. Allí discutían de versos, política y literatura un grupo de jóvenes apasionados. Entre ellos estaba quien acabaría siendo fundamental en su vida, Ramón Sijé. La amistad entre ambos fue tan profunda que, cuando Sijé murió en la Nochebuena de 1935, Miguel escribió una de las elegías más conmovedoras de la poesía española:
Miguel soñaba con triunfar en Madrid. Y consiguió su sueño de conocer la capital por primera vez, aunque con muy poco dinero y muchos poemas en su maleta. Su experiencia no fue precisamente glamourosa. Vivió con enormes dificultades económicas y pasó temporadas en alojamientos precarios. Eso sí, le dio tiempo para entablar amistad con Pablo Neruda, Vicente Aleixandre o José María Cossio que le dio trabajo para que escribiera artículos en su enciclopedia dedicada a la tauromaquia.
Durante la Guerra Civil se alistó en el bando republicano y visitó trincheras y frentes de batalla. Esa experiencia convirtió su poesía en algo más directo, social y combativo. Sus compañeros contaban que no era un poeta de despacho. Prefería estar con los soldados, escuchar sus historias y compartir el miedo y la incertidumbre. De ahí nació buena parte de Viento del pueblo. Mientras estaba encarcelado, su esposa Josefina Manresa le escribió una carta contándole que apenas tenía pan y cebolla para alimentarse ella y su hijo. La respuesta de Miguel fue un poema inolvidable: Nanas de la cebolla.
Terminada la guerra, Miguel intentó huir por Portugal, pero fue detenido. Condenado inicialmente a muerte, la pena fue conmutada, aunque la cárcel acabaría resultando igualmente fatal. Murió en Alicante en 1942 víctima de tuberculosis. Se cuenta que no pudieron cerrarle los ojos al morir, imagen que impresionó profundamente a quienes lo conocían. Su vida parece hecha de contrastes imposibles: pastor y poeta, enamorado y combatiente, autodidacta y clásico, hombre humilde y figura universal. Murió joven, sí, pero dejó algo que muy pocos consiguen: versos inmortales que todavía se recitan y que parecen respirar.
AM.MX/fm
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