La gira del libro nunca ocurrió formalmente. Pero su sola expectativa bastó para mover piezas. Senadores de Morena terminaron comprando cajas enteras del libro de López Obrador. A la fecha, todavía se están repartiendo. La pregunta que nadie hace en voz alta es la más obvia: ¿quién dio la instrucción? ¿El partido? ¿Y si fue el partido, quién le da instrucciones al partido? La respuesta incómoda es que hay alguien en Palenque que sigue marcando el paso, aunque ya no tenga cargo, aunque ya no tenga que rendir cuentas ante nadie. El timing nunca es inocente.
Ese es el contexto en el que hay que leer la reaparición de López Obrador en redes sociales el viernes pasado, su segunda publicación desde que dejó la presidencia. No apareció para respaldar una iniciativa de Sheinbaum, ni para comentar la agenda legislativa. Apareció para convocar a una colecta ciudadana en favor de Cuba, en el momento exacto en que la presidenta acababa de anunciar, con evidente esfuerzo diplomático, el inicio de conversaciones entre La Habana y Washington con mediación mexicana. Era su mejor momento en semanas en ese frente. Y fue exactamente entonces cuando AMLO decidió aparecer.
Cuba es, para la base más fiel del lopezobradorismo, territorio emocional profundo, símbolo de resistencia ante el imperialismo norteamericano. Y Sheinbaum había pasado semanas en una posición incómoda: suspendió los envíos de petróleo a la isla bajo presión de Washington, lo que le costó críticas de esa misma base. Cuando finalmente logró reencuadrar la situación como una mediación exitosa, López Obrador apareció para recordarle a ese electorado que él habla con el corazón, sin las restricciones que impone gobernar un país.
El contraste que construye es devastador en términos simbólicos: la presidenta negocia con Trump y suspende el petróleo; el líder moral convoca a la solidaridad del pueblo. No importa que la posición de Sheinbaum haya sido la única responsable desde el punto de vista de Estado. En política de identidad, el gesto siempre supera al argumento. Y López Obrador lo sabe mejor que nadie, porque fue él quien perfeccionó ese mecanismo durante veinte años.
Esto no es solidaridad con Cuba. Es interferencia en la agenda diplomática de un gobierno en funciones, ejercida por alguien que no tiene cargo, no tiene responsabilidad y no pagará ningún costo político por las consecuencias. Es el privilegio del poder sin rendición de cuentas: opinar sin gobernar, movilizar sin responder.
Y aquí vale una comparación histórica que incomoda precisamente porque es exacta. López Obrador cita con frecuencia a Lázaro Cárdenas como su referente moral más cercano. Pero lo que está construyendo desde Palenque no se parece al Cárdenas que expropió el petróleo y transformó al país. Se parece al Plutarco Elías Calles que gobernó México sin cargo desde 1928 hasta que Cárdenas lo expulsó en 1936. El Maximato no fue una conspiración ni un golpe: fue simplemente un expresidente que no aceptó que el poder se había transferido y un sistema que durante años no tuvo la voluntad de decírselo.
México ya vive ese escenario. No está por verse. Comenzó el primer día que López Obrador se instaló en Palenque con el movimiento intacto, la base movilizable y la disposición demostrada de opinar, instruir e interferir sin pagar ningún costo institucional por ello. Las instrucciones sobre los libros, las apariciones calculadas en redes, el coro de “es un honor estar con Obrador” en el Consejo Nacional de Morena y en muchos otros eventos: no son síntomas de algo que podría venir, es el maximato en operación. La pregunta ya no es si Sheinbaum enfrentará lo que enfrentó Cárdenas. La pregunta es si tendrá la misma voluntad de resolverlo.
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