POR FRANCISCO SALGADO F.
- Forjada en la lucha social junto a López Obrador, la expresidenta del Senado consolida un liderazgo de izquierda auténtica, con la mira puesta en la gubernatura de Tlaxcala
- Justicia social, soberanía alimentaria y lealtad inquebrantable: la trayectoria de la abogada de Calpulalpan que busca transformar su estado desde sus raíces indígenas y campesinas
Entre los campos dorados de Calpulalpan, donde el viento arrastra el aroma de la tierra húmeda y el maguey se yergue como guardián de la historia, nació y creció Ana Lilia Rivera Rivera.
Su historia no se entiende sin el paisaje de Tlaxcala: ese mosaico de valles y volcanes que forjó en ella un carácter firme, pero profundamente humano. De origen campesino y cuna humilde, Ana Lilia aprendió desde la infancia que la dignidad es la única semilla que florece en cualquier terreno, por árido que parezca.
Esa conexión visceral con el surco y la milpa la llevó a convertirse en la voz de quienes, por décadas, permanecieron invisibles. Abogada de profesión por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, su verdadera maestría la obtuvo en el activismo, caminando las veredas de un México que despertaba. Desde 1994, influenciada por los vientos de justicia que soplaban desde el sur con el zapatismo y el EZLN, Ana Lilia entendió que la política no era un privilegio de élite, sino una herramienta de transformación popular.
Su camino no fue fortuito; fue una construcción de resistencia. Como fiel escudera de los ideales de la Cuarta Transformación, caminó del brazo de Andrés Manuel López Obrador cuando el movimiento era apenas una esperanza en el horizonte. Esa lealtad, cimentada en principios y no en conveniencias, la llevó a ocupar espacios de alta responsabilidad.
Fu como legisladora local, en Tlaxcala, en donde comenzó a dar batallas por su estado. En el Senado de la República fue el espacio desde el cual su voz resonó a nivel nacional, defendiendo la soberanía alimentaria. Ya como Presidenta del Senado (2023-2024) fu un hito en que demostró que una mujer de origen campesino tiene la capacidad y el temple para conducir los destinos del Poder Legislativo con altura de miras.
Si algo define el corazón político de Ana Lilia es su defensa férrea del maíz nativo. Conocida con orgullo como la «senadora del maíz», ha librado batallas legales y legislativas para proteger la semilla madre de México frente a los intereses de las grandes corporaciones y los organismos genéticamente modificados. Para ella, el maíz no es solo alimento; es identidad, es cultura y es el pilar de la autonomía de los pueblos indígenas y campesinos.
Hoy, Ana Lilia Rivera se proyecta como una de las figuras más sólidas de Morena. Su paso por la política no ha erosionado su esencia; al contrario, la ha fortalecido. Con la mirada puesta en el 2027, su nombre resuena con fuerza como la aspirante natural a la gubernatura de Tlaxcala.
Representa la síntesis de la lucha social: la niña que corría entre los maizales y que, tras años de brega, se ha convertido en una estadista que no olvida sus raíces. Su proyecto es claro: devolverle a su tierra la grandeza que merece, gobernando con la misma sencillez y firmeza con la que el campesino cuida su cosecha, siempre bajo el amparo de los volcanes y con la justicia social como único horizonte.







