POR FRANCISCO SALGADO FERNÁNDEZ
Una historia en primera persona
Ahora que he llegado a los 70 años, en este Día del Padre, me descubro mirando hacia atrás, recorriendo los caminos de mi vida y reflexionando sobre una ausencia que me ha acompañado desde la infancia.
Nunca tuve el consejo, la guía, la orientación ni la mano firme de un padre. Mi padre, Anselmo Salgado Herrera, fue asesinado en octubre de 1961, cuando yo tenía apenas cinco años. De él conservo un recuerdo borroso, una fotografía que me regaló mi abuela paterna y una lápida en un panteón lejano, en una ranchería veracruzana, Moyoapan, muy cercana a Orizaba, en donde yo nací.
Mi madre, Flora Fernández de la Cruz, huyó de Lagunilla, otra rancheria cercana , y se refugió en una casa rica en donde trabajó como sirvienta y me ocultó por temor a represalias, Volví a esos lugares ya siendo adolescente, los visité con frecuencia, pero nunca hubo afinidad familiar,
Las versiones sobre su muerte fueron muchas. Se habló de un lío de faldas, de hombres armados, de venganzas y de razones que nunca terminé de comprender. Con los años escuché leyendas y rumores, pero jamás conocí la verdad completa. Tampoco supe si se hizo justicia.
Hoy, después de siete décadas, pienso en todo lo que no pudo ser. Pienso en las conversaciones que nunca tuvimos, en los consejos que nunca escuché, en los abrazos que nunca recibí y en las enseñanzas que tuve que aprender solo.
Sin embargo, también pienso que, de alguna manera, él ha estado presente. En cada lucha, en cada obstáculo, en cada paso que di hasta aquí. Porque, aunque la muerte me lo arrebató siendo un niño, la memoria de su existencia nunca me abandonó.
En este Día del Padre no celebro recuerdos compartidos, porque no los tuve. Celebro, más bien, la memoria de un hombre al que apenas conocí, pero cuya ausencia marcó mi historia para siempre. Dondequiera que esté, hoypienso en él.
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