Texto de Susana Vega López.
Olvídate de los lugares modernos y sin alma. Las verdaderas historias de la Ciudad de México se siguen escribiendo entre el rugido de una rockola, el olor a chamorro recién hecho y el bullicio de una cantina clásica. Nos metimos al Salón Guerrero del Shiro en Santa María la Ribera para recordar por qué, cuando se trata de desahogar las penas o armar la fiesta, cualquier pretexto es bueno para decir: ¡salud! Referenciageneral
Muchas y variadas son las experiencias que se viven en las cantinas, bares, tabernas o salones como también se les nombra porque si bien son lugares donde se bebe y se come sabroso, también son punto de reuniones, encuentros con amigos, con compañeros de trabajo; donde se cierran negocios; rincón donde se llora, se canta, se sufre, se goza, se festeja; donde se viven amores y desamores.
Cualquier pretexto es bueno para ir a las cantinas, sobre todo a esas donde hay historia, se viven momentos especiales, se tienen recuerdos; cantinas que han evolucionado con el paso del tiempo pues antes eran exclusivos sólo para hombres y se leían letreros que decían: “Prohibida la entrada a perros, mujeres, mendigos, uniformados y menores de edad”.
Ahora asisten familias enteras como pude apreciar en días pasados al acudir a la cantina, Cervecería Salón Guerrero del Shiro, ubicada en Santa María la Ribera, en la calle de Manuel Carpio esquina con Fresno.
Un buen chamorro y la magia de Pedro, el alma del servicio
El lugar es pequeño, pero con una extraordinaria atención y comida deliciosa que lo hace grande; la atención es muy buena y hace pensar en el papel que juegan los meseros mismos que te dejan un buen o mal sabor de boca.
Pedro Tapia, “nuestro mesero”, se muestra atento; te indica la mesa y anota la orden. Y sin que nadie lo pida, trae sendos platos hondos con frijoles charros; en seguida platos con chamorro delicioso. Acerca tortillas clientes y salsa para preparar un exquisito taco.
Y es que, siempre es importante la actitud de los meseros como Pedro, que te atiende con eficiencia, te consiente, te complace e incluso, si eres un comensal constante ya sabe qué vas a pedir. También, si le llamas por teléfono, te aparta una mesa para que llegues con toda la confianza de que habrá lugar para ti.
Rockola, fútbol y el menú de la semana: aquí solo se cobran los tragos
En una cantina no puede faltar la ya tradicional rockola, instalada al fondo del local, es moderna; su color rojo intenso resalta. Suena mientras los asistentes esperan que empiece el partido de futbol. Luego de insertar una moneda de 10 pesos se escuchan Las Mañanitas, canción interpretada por Pedro Infante; luego una de Juan Gabriel, y la tercera de Los Beatles.
No es una cantina moderna, ni estilizada, es una cantina clásica, a la usanza de principios y mediados del siglo pasado (ya quedan pocas de éstas), ahí se convive con propios y extraños, hay ambiente bullicioso, con las expresiones clásicas de esos sitios icónicos de nuestro México, de nuestra ciudad. La botana que se sirve representa al lugar, la que le da fama o prestigio y es también, un atractivo para clientes. La atención es la principal carta de presentación de esos negocios. Referenciageneral
Hay innumerables anécdotas de lo que sucede en las cantinas y sobre las cantinas mismas, son lugares únicos en el mundo; en algunas de ellas se toca música en vivo, se baila, se juega dominó, baraja o cubilete; hay chistes de cantineros o de borrachos, porque el ingenio mexicano no tiene límites y es en estos establecimientos donde se desahogan las penas y se propician las condiciones para idear un chascarrillo.
Constantemente se acerca Pedro para quitar botellas y platos vacíos. Comenta que le tocó preparar los chamorros y recuerda: “Hemos competido con todas las cantinas de la Ciudad de México en la preparación de chamorro. Con la participación de más de 200 cantinas, quedamos en noveno lugar”.
Pedro Tapia Feliciano, desde hace 32 años trabaja en el Salón Guerrero del Shiro. Es mesero, cocinero, garrotero. Recuerda, orgulloso, que ha sido entrevistado para varias publicaciones y que, incluso, ha salido en novelas que hacen que su trabajo lo enaltezca.
Refiere que ha atendido a personas del espectáculo, luchadores, políticos, periodistas y más que sorpresivamente llegan a este pequeño local al que se acercan por recomendación o por azahar.
Señala que sus platillos han sido degustados por turistas rusos, canadienses, australianos, estadunidenses, argentinos, asiáticos y más quienes han llegado a “echarse unas cervezas y comer” porque, aclara, sólo se cobran las bebidas.
“Los lunes servimos chamorros, frijoles charros; los martes, mole de olla, arroz y salsa verde de chimichurri; miércoles toca mole de olla, pata de res a la vinagreta y pico de gallo; los jueves otra vez chamorro, frijoles charros y salsa; viernes carne tártara, caldo de camarón y pico de gallo; sábados, caldo de camarón con verduras y pescaditos fritos; domingos, se repite el caldo de camarón, pata de res a la vinagreta y pico de gallo”.
Todos los días se sirven totopos, salsas, cacahuates y galletas. También se puede pedir que te preparen un exquisito atún y/o sardina a media luna a “la carta” lo que, se sabe, tiene un costo extra.
Dos televisores se encuentran a los extremos de la cervecería para que todos puedan ver la esperada justa futbolera. Una persona reparte banderas para animar a la afición.
Una pequeña de nombre Leah grita, eufórica, “goooooool” al tiempo que sacude su cabeza con sus manos; se despeina, alborota su cabello. Está feliz.
La cantina está bien surtida. Resaltan dos letreros; uno dice: “Esta, otra, la última y nos vamos”; el otro, “¿¡Otra vez tomando¡? Yyy queee tieneee”.
El horario de servicio es de lunes a domingo a partir de las 10:30 de la mañana y cierran a las nueve de la noche excepto los domingos que cierran a las seis de la tarde.
Finalmente afirma que Filiberto González, su patrón, llegó a la cantina en 1988 pero el lugar ya estaba funcionando desde años atrás.
Datos generales
La primera licencia de cantina que se expidió fue en 1872, fue para El Nivel (ya desapareció) que se ubicaba en pleno corazón de la Ciudad de México.
Eran sitios exclusivos para hombres.
Fue en 1982 cuando, en las cantinas, se destinó un lugar para las mujeres y ahora también asisten familias con niños.
Al final del día, las cantinas como el Salón Guerrero del Shiro demuestran que el verdadero sabor de la Ciudad de México no se encuentra en la modernidad, sino en la calidez de su gente y en la nostalgia de una buena canción de rockola.
Con más de un siglo de evolución a sus espaldas, estos santuarios de la convivencia lograron transformar la vieja exclusividad del pasado en un festejo vibrante donde hoy caben familias enteras, turistas del otro lado del mundo y aficionados al fútbol.
Así que, entre el calor de unos frijoles charros, las risas de los niños y la atención impecable de personajes entrañables como Pedro, el viaje siempre vale la pena. Solo queda pedir un buen trago, disfrutar de la botana de cortesía y brindar con el pretexto de siempre: ¡ésta, otra, la última y nos vamos!… PdC.
Foto de Rodrigo Ortega.
www.platicasdecafe.com.mx
www.vocero.com.mx
vocero1@gmail.com









