Por Gregorio Ortega
El presente fue de los mexicanos, hasta el momento en que lo pignoraron por una tarjeta de plástico, la esperanza de un depósito supuestamente obsequiado por el gobierno, lo que es falso, porque mientras se pudo recurrieron a los dineros fiscales, que equivale a sacar de la bolsa izquierda para pasarlo a la derecha.
Establecer la fecha en que dejó de ser así -porque no hay escarcela que no se vacíe- es casi imposible, por el consabido pretexto de la seguridad nacional, y porque a quienes hoy gobierna se les atraganta aceptar que provienen, esos recursos, del dolor de los mexicanos: la extorsión y el narco. Las tarjetas del bienestar son alimentadas por los mismos cuentahabientes, con su presente cancelado, con la esperanza desaparecida.
Salvo a los cresos, y quién sabe si todos resultan completamente indemnes, los gobernantes que se hicieron con el poder en 2018, lo primero que hicieron porque en ello les va su permanencia en Palacio y en Palenque, fue borrar toda idea de esperanza, de vida sana, de educación y salud porque constitucionalmente se les debe, y los convirtieron en esas mascotas que el presidente hombre (hoy padecemos presidente hembra) refirió varias ocasiones en sus alocuciones matutinas. Si te repiten sin cesar que nada eres, lo aceptas y en eso te conviertes.
Segaron, desde la actual presidencia imperial, este presente que se fue por el agujero negro del rancho Izaguirre, las muertes violentas de las madres buscadoras, el litio que no existe, la súper farmacia que en lugar de convertirnos en Dinamarca nos transformó en el estercolero desde el cual, con ansias e incluso desesperación, los mexicanos esperan el anuncio del depósito en las tarjetas del bienestar.
El colmo del descaro actual, es la manera, el modo en que políticamente administran el caso Ayotzinapa y juegan con la idea de que informarán lo cierto, lo verdadero, aunque se oculte bajo los uniformes y en los crematorios militares. ¿Cómo reconocer que no hay cenizas, mucho menos restos humanos identificables? ¿Cómo aceptar que, si no es un crimen de Estado, fue perpetrado y cometido desde una institución cuya tarea es sostener la libertad de la República?
Desconocen que anular el presente tiene mayores riesgos que cancelar el futuro, porque nadie, sí, ningún adivino político sabe de qué lado de la cama despertará a la mañana siguiente, después de realizados sus deseos criminales.








